sábado, 29 de noviembre de 2008

De no creer

“No creo en la leche”, me dijo el muy atrevido. Empecé a preocuparme. Quizá debería ver si tiene fiebre, pensé, debe estar alucinando. A lo mejor son esas ideas locas que le meten los amigos. Ya los voy a agarrar, sinvergüenzas, andar metiendo esas locuras a inocentes. Seguro que se habrá juntado con esos… No lo puedo creer, qué voy a hacer con este chico. Si sigue así, dentro de poco ¿qué me va decir? Que no cree en el aire, que él no respira, que no existimos. Habrase visto… Cómo me va a venir con esas cosas… Yo le dije al Tito “El nene no me toma la leche, dice que no cree en la leche”. Se me quedó mirando y me dijo que tenía que ir al siquiatra. Yo no entiendo esas cosas. Le voy a decir a mi nene, pero si no cree en la leche, menos va a creer en los siquiatras. Ay, qué voy a hacer… Qué voy a hacer… Si le doy la chocolatada no me va a creer. Me dice que es una postura de vida, que él no puede aceptar la existencia de un líquido de tal calaña. Ma qué postura de vida ni qué ocho cuartos, "nene, tomate la leche y dejá de romper". Pero no cree, Aurora, el nene no me cree en la leche. Dice que la vaca no da la leche. Dice que es una ilusión. Ya no sé qué hacer con este nene. Y lo único que me falta es que me aparezca con un tercer ojo, una túnica naranja y un día me diga “Mamá me voy al medio de la montaña a hacer un retiro espiritual”. Y ahí qué hago, ¿eh? Dígame, Aurora, qué hago. Lo pierdo para siempre. Después de todo lo que yo hice por el nene. Las veces que me levanté a mitad de la noche para taparle los pies, porque no sabe lo que el nene se mueve cuando duerme. Lo que lo cuidé cuando le agarraban los ataques de asma en el medio de la calle. Usted no sabe. Y ahora esto. El señorito no se toma la leche: no cree en la leche. Después de la buena educación que le di, las veces que le dije “Nene andá a hacer la tarea” y él que protestaba y pataleaba, hasta que se sentaba a la mesa, abría el cuaderno y yo le preparaba esos bizcochos que a él tanto le gustaban, mi nene querido, qué te hicieron. Pero te digo, Aurora, que son esos amigos bravos que tiene. No sé de dónde los sacó. Yo voy a ir a hablar con la maestra, a ver qué me dice, a ver cómo se comportan en clase. La otra vez vinieron a casa a jugar, a la tarde, después de la escuela. Calladitos, eran. Educados. “Sí, señora”, “No, señora” los hubiera visto Aurora, unos señoritos. Les serví la leche con unas galletas. Una receta que heredé de la Nona, Dios la tenga en la gloria. Una receta de años. Y a que no sabés, a que no te imaginás. Yo estaba viendo ese programa que miro a la tarde, te das cuenta de cuál te hablo, ese que empieza a las cuatro, y les puse esos dibujos que miran todos los chicos, que los tiene embobados. “No miramos tele, señora”, me dijeron. Y me dejaron el plato lleno, ni probaron las galletas de la nona. Y de la leche mejor ni hablo porque me sube la presión. No, no, si esto me huele mal. A leche rancia. Y pero si ahora vienen así los chicos. Uno les da todo y le salen así, ingratos. Les van a pasar por arriba. De no creer. Yo todavía estaba asustada de que me saliera ateo; a lo sumo, anarquista. Pero, ¿la leche? Estos críos son increíbles. ¿Qué tomaban del pecho cuando recién nacieron? No habrá sido gaseosa... Aunque para que anden pensando esas cosas, quién sabe qué madre rara habrán tenido. Y ahora le andan revoloteando alrededor a mi Franquito, él es tan ingenuo, se deja comprar con cualquier gansada. Pero qué le voy a decir, no puedo convencerlo de que crea en la leche. Mire, Aurora, ¿usted qué haría en mi lugar? Yo ya estoy pensando en decirle al Miguel que lo faje a ver si aprende por las malas, pero no va a empezar a creer en la leche por una paliza. Y le digo más, Aurora, la gente ya empieza a decir. Ya ahora que se vino el calor y la gente está en la puerta , o apoyada en la rejita, empieza a decir, vio. El otro día, lunes creo que fue, venía yo del almacén con dos sachés de leche y en esas me cruzo a Doña Carola, que venía del brazo con Filiberta, hablando; y se me quedan mirando calladas se me quedan mirando, y cuando ven la bolsa se me ríen entre dientes. Y a mí me cuentan lo que dice, el muchacho de la esquina me cuenta, que andan diciendo que el nene me salió satánico, que es comunista, y qué sé yo cuántas barbaridades más que usted no se da una idea. Yo ya no sé qué hacer, Aurora, este chico me hizo el hazmerreír del barrio, al Jorge lo gastan en el trabajo me cuenta, yo ya no sé qué hacer. Este domingo lo trato de llevar a la Iglesia a ver si el Padrecito me lo puede corregir. Pero me cuesta creer que esto sea una de esas cosas que se solucionan con un poco de agua bendita, sin ofender, que yo soy más católica que la Virgen. ¿Sabe qué pasa Aurora, quiere que me sincere? Porque yo soy ninguna sonsa. Así como me ve, yo era la mejor de la clase. Me dieron diploma de honor. Todavía tengo la medalla guardada en la mesita de luz, con la que me dio mamá cuando cumplí los quince. Por eso le digo que me escuche Aurora y me diga qué piensa, porque yo ya no puedo más así. No doy más. Es que Franquito siempre fue muy especial. De chico otros nenes lo burlaban porque andaba con el inhalador en el bolsillo del guardapolvo para todos lados, por las dudas, como yo le enseñé. Y los otros se reían, los sinvergüenzas. Desde chiquito que era distinto. De bebé. Por eso no creo que haya que darle mucha vuelta al asunto, ni meter en esto a los comunistas o a los compañeritos que son terribles, si usted supiera. No. Viene por otro lado. Está más claro que el agua, más claro que la leche. Le voy a contar desde el comienzo. Desde el parto. No se imagina cómo me costó darle la leche a Franquito cuando nació. No sé si usted sabe Aurora, pero yo era una maricona. No sabe el escándalo que hice para que no me hicieran cesárea y el nene que era grandote y no podía salir por parto natural. Y yo que lloraba y le gritaba al médico “ni se le ocurra abrirme la panza, ni se le ocurra”. Y después me habré quedado dormida porque no me acuerdo de nada más hasta que lo tuve a Franquito encima mío y no sabés Aurora, no sabés la de besos que le dí. Era un gordito precioso. Eso sí, me daba un miedo darle la teta. Un miedo bárbaro. Los primeros días le dio de comer otra mujer que estaba en el hospital que ya tenía como cuatro chicos y tenía leche para tirar al techo. Era un espectáculo. Después me fui aflojando hasta que le agarré la mano y el nene que al principio, de resentido nomás, no quería mi leche, le fue tomando el gusto de a poco. Y después todo fue normal. Por eso le digo Aurora, esto es cuestión de tiempo, es algo por lo que yo ya pasé. Por eso, en cuanto llegue del colegio me lo siento acá, en la falda, como cuando era un bebote morrudito y va a ver cómo de a poco va a ir aflojando.

Cadáver exquisito, Grupo Ruans

jueves, 13 de noviembre de 2008

Ser a través de un crimen

" [...] Yo mismo estoy descentrado, no soy el que soy, y, sin embargo, algo necesito para tener conciencia de mi existencia, para afirmarla. Eso mismo, para afirmarla. Porque soy como un muerto. No existo ni para el capitán, ni para Elsa ni para Barsut. Ellos si quieren pueden hacerme meter preso, Barsut abofetearme otra vez, Elsa irse con otro en mis barbas, el capitán llevársela nuevamente. Para todos soy la negación de la vida. Soy algo así como el no ser. Un hombre como no es como acción, luego no existe. ¿O existe a pesar de no ser? Es y no es. Ahí están esos hombres. Seguramente tienen mujer, hijos, casa. Quizá son unos miserables. Pero si alguien tratara de invadir su casa, de arrebatarles un centavo o de tocarles la mujer, se volverían como fieras. ¿Y yo por qué no me he rebelado? ¿Quién puede contestarme a esta pregunta? Yo mismo no puedo. Sé que existo así, como negación. Y cuando me digo todas estas cosas no estoy triste, sino que el alma se me queda en silencio, la cabeza en vacío. Entonces, después de ese silencio y vacío, me sube desde el corazón la curiosidad del asesinato. Eso mismo. No estoy loco, ya que sé pensar, razonar. Me sube la curiosidad del asesinato, curiosidad que debe ser mi última tristeza, la tristeza de la curiosidad. O el demonio de la curiosidad. Ver cómo soy a través de un crimen. Eso, eso mismo. Ver cómo se comporta mi conciencia y mi sensibilidad en la acción del crimen."

Fragmento de "Los siete locos" por Roberto Arlt. Del capítulo <"ser" a través de un crimen>

lunes, 27 de octubre de 2008

El universo como espejo

Al señor Palomar le hace padecer mucho su dificultad de relacionarse con el prójimo. Envidia a las personas que tienen el don de encontrar siempre la cosa justa que decir, el modo justo de dirigirse a cada uno; que se sienten cómodas con quien quiera que se encuentren y ponen cómodos a los demás; que moviéndose con ligereza entre las gentes perciben en seguida cuándo deben defenderse y tomar sus distancia y cuándo suscitar simpatía y confianza; que dan lo mejor de sí en la relación con los demás e incitan a los demás a dar lo mejor de sí; que saben de inmediato cómo valorar una persona en relación con ellos y en términos absolutos.
Esas dotes -piensa el señor Palomar con la nostalgia de quien no las tiene- son concedidas a quienes viven en armonía con el mundo. Para ellos es natural establecer un acuerdo no sólo con las personas, sino también con las cosas, con los lugares, las situaciones, las ocasiones, con el deslizarse de las constelaciones en el firmamento, con el aglutinarse de los átomos en las moléculas. Ese alud de acontecimientos simultáneos que llamamos universo no arrolla al afortunado que sabe escurrirse por los más minúsculos intersticios entre las infinitas combinaciones, permutaciones y cadenas de consecuencias, evitando las trayectorias de los meteoritos asesinos e interceptando al vuelo sólo los rayos benéficos. Al amigo del universo, el universo le es amigo. ¡Ojalá -suspira Palomas- pudiera yo también ser así!
Decide tratar de imitarlos. Todos sus esfuerzos de ahora en adelante, tenderán a lograr una armonía tanto con el género humano próximo a él como con la espiral más lejanda del sistema de las galaxias. Para comenzar, dado que con su prójimo tiene demasiados problemas, Palomar tratará de mejorar sus relaciones con el universo. Aleja y reduce al mínimo la frecuentación de sus semejantes; se habitúa a hacer el vacío en su mente, expulsando de ella todas las presencias indiscretas; observa el cielo en las noches estrelladas; lee libros de astronomía; se familiariza con la idea de los espacios siderales hasta convertirla en un enser permanente de su amueblamiento mental. Después trata de conseguir que sus pensamientos tengan presentes contemporáneamente las cosas más cercanas y las más alejadas: cuando enciende la pipa, la atención a la llama del fósforo que la próxima vez debería dejarse aspirar hasta el fondo del hornillo iniciando la lenta transformación en brasas de las hebras de tabaco, no debe hacerle olvidar ni un instante la explosión de una supernova que se está produciendo en la Gran Nube de Magallanes en este mismo momento, es decir, hace unos millones de años. La idea de que todo en el universo se vincula y se responde no lo abandona nunca: una variación de luminosidad en la Nebulosa del Cangrejo o el adensarse de una aglomeración globular en Andrómena no pueden dejar de tener alguna influencia en el funcionamiento de su tocadiscos o en la frescura de las hojas de berro en su plato de ensalada.
Cuando está convencido de haber delimitado exactamente su propio lugar en medio de la muda extensión de las cosas que flotan en el vacío, entre el polvillo de acontecimientos actuales o posibles que flota en el espacio y en el tiempo, Palomar decide que ha llegado el momento de aplicar esa sabiduría cósmica a la relación con sus semejantes. Se apresura a volver a la sociedad, reanuda conocimientos, amistades, relaciones de negocios, somete a un atento examen de conciencia sus vínculos y sus afectos. Espera que se le extienda delante un paisaje humano finalmente neto, claro, sin niebla, en el que pueda moverse con gestos precisos y seguros. ¿Es así? Nada de eso. Comienza a enredarse en un embrollo de malentendidos, vacilaciones, compromisos, actos fallidos; las cuestiones más fútiles se vuelven angustiosas, las más graves se achatan; cada cosa que dice o hace resulta desmañada, fuera de lugar, indecisa. ¿Qué es lo que no funciona?

Esto: contemplando los astros se ha acostumbrado a considerarse un punto anónimo e incorpóreo, casi a olvidar que existe; para tratar ahora con los seres humanos no puede menos que ponerse en juego a sí mismo, y ya no sabe dónde está su yo. Frente a cada persona uno debería saber cómo situarse en relación a ella, estar seguro de las relaciones que le inspira la presencia del otro -aversión o atracción, ascendiente inmediato o impuesto, curiosidad o desconfianza o indiferencia, dominio o sometimiento, discipularidad o magisterio, espectáculo como actor o como espectador- y a partir de éstas y de las contrarreacciones del otro, establecer las reglas del juego que se aplicarán en la partida, decidir las movidas contramovidas. Por todo ello, antes de empezar a observar a los otros uno debería saber quién es. El conocimiento del prójimo tiene esto de especial: pasa necesariamente por el conocimiento de uno mismo; y eso es exactamente lo que falta a Palomar. No sólo se necesita conocimiento sino comprensión, acuerdo con los propios medios y fines y pulsiones, lo cual quiere decir posibilidad de ejercitar un dominio sobre las propias inclinaciones y acciones, controlarlas y dirigirlas pero no coartarlas ni sofocarlas. Las personas cuya justeza y naturalidad en cada palabra y gesto admira están, antes que en paz con el universo, en paz consigo mismas. Palomar, que no se ama, siempre se las ha arreglado para no encontrarse consigo mismo cara a cara; por eso ha preferido refugiarse entre las galaxias; ahora entiende que debía empezar por encontrar la paz interior. El universo tal vez pueda seguir tranquilo con sus cosas; él ciertamente no.
El camino que le queda es éste: se dedicará de ahora en adelante más al conocimiento de sí mismo, explorará la propia geografía interior, trazará el diagrama de los movimientos de su ánimo, obtendrá sus fórmulas y sus teoremas, apuntará su telescopio a las órbitas trazadas por el curso de su vida y no a las órbitas de las constelaciones. .
Y he aquí que también esta nueva fase de su itinerario en busca de la sabiduría se cumple. Finalmente podrá tener la mirada dentro de sí. ¿Qué verá? ¿se le aparecerá su mundo interior como el calmo, inmenso girar de una espiral luminosa? ¿Verá navegar en silencio estrellas y planetas en las parábolas y las elipses que determinan el carácter y el destino? ¿Contemplará una esfera de circunferencia infinita que tiene el yo por centro y el centro en cada punto?
Abre los ojos: lo que se presenta a su mirada le parece haberlo visto ya todos los días: calles llenas de gentes que tienen prisa y se abren paso a codazos, sin mirarse a la cara, entre pareedes hostiles y descascaradas. En el fondo, en el cielo estrellado brillan fulgores intermitentes como un mecanismo trabado que se sacude y chirría en todos sus goznes no aceitados, vanguardia de un universo tambaleante, retorcido, sin quietud, como él.


Palomar - Ítalo Calvino


Del morderse la lengua

En una época y en un país en que todos se despepitan por proclamar opiniones o juicios, el señor Palomar ha adquirido la costumbre de morderse la lengua tres veces antes de hacer cualquier afirmación. Si al tercer mordisco aún sigue convenvido de lo que iba a decir, lo dice; si no, se calla. En realidad, pasa semanas y meses enteros en silencio.
Buenas ocasiones para callar no faltan nunca, pero se da también el raro caso de que el señor Palomar lamente no haber dicho algo que hubiese podido decir en el momento oportuno. Se da cuenta de que los hechos han confirmado lo que él pensaba, y que si entonces hubiera expresado su pensamiento, habría tenido alguna influencia positiva, por mínima que fuese, sobre lo ocurrido. En esos casos su ánimo se divide entre la complacencia por haber pensado justo y un sentimiento de culpa por su excesiva reserva. Sentimientos ambos tan fuertes uqe está tentado de expresarlos con palabras; pero después de haberse mordido la lengua tes veces, también él se convence de que no tiene ningún motivo ni de orgullo ni de remordimiento.
Haber pensado correctamente no es un mérito: estadísticamente, es casi inevitable que entre las muchas ideas equivocadas, confusas o triviales que se presentan a la mente, alguna sea atinada o directamente genial; y así como le ha ocurrido a él, puede ser cierto que se le hubiese ocurrido también a otro.
Más discutible es el juicio sobre el no haber manifestado su pensamiento. En tiempos de silencio general, conformarse con el callar de los más es sin duda culpable. En tiempos en que todos dicen demasiado, lo importante no es tanto decir la cosa justa, que de todos modos se perdería en la inundación de palabras, como decirla a partir de premisas y con las consecuencias implícitas que den a la cosa el máximo valor. Pero entonces, si el valor de una sola afirmación reside en la continuidad o coherencia del discurso en que se inserta, la única elección posible es entre hablar continuamente y no hablar nunca. En el primer caso el señor Palomar revelaría que su pensamiento no avanza en línea recta sino en zigzag, a través de oscilaciones, desmentidos, correcciones en medio de las cuales la justeza de su afirmación se perdería. En cuanto a la segunda alternativa, implica un arte del callar más difícil aún que el arte de decir.
En realidad, también el silencio puede ser considerado un discurso, en cuanto rechazo del uso que los otros hacen de la palabra; pero el sentido de este silencio-discurso está en sus interrupciones, esto es, en lo que de vez en cuando se dice y que da un sentido a lo que se calla.
O mejor aún: un silencio puede servir para excluir ciertas palabras o si no, para tenerlas en reserva a fin de que se puedan usar en una ocasión mejor. Así como una palabra dicha ahora puede ahorrarme cien mañana o bien obligarme a decir otras mil. «Cada vez que me muerdo la lengua ‑concluye mentaltnente el señor Palomar‑ debo pensar no sólo en lo que estoy por decir o no decir, sino en todo lo que si digo o no digo será dicho o no dicho por mí o por otros.» Formulado este pensamiento, se muerde la lengua y se queda en silencio.

(Palomar - Ítalo Calvino)

--> véase la referencia al final de página, la fotografía de Hermenegildo

jueves, 23 de octubre de 2008

Cansancio

Cansado.
¡Sí!
Cansado
de usar un solo bazo,
dos labios,
veinte dedos,
no sé cuántas palabras,
no sé cuántos recuerdos,
grisáceos,
fragmentarios.

Cansado,
muy cansado
de este frío esqueleto,
tan púdico,
tan casto,
que cuando se desnude
no sabré si es el mismo
que usé mientras vivía.

Cansado.
¡Sí!
Cansado
por carecer de antenas,
de un ojo en cada omóplato
y de una cola auténtica,
alegre,
desatada,
y no este rabo hipócrita,
degenerado,
enano.

Cansado,
sobre todo,
de estar siempre conmigo,
de hallarme cada día,
cuando termina el sueño,
allí, donde me encuentre,
con las mismas narices
y con las mismas piernas;
como si no deseara
esperar la rompiente con un cutis de playa,
ofrecer, al rocío, dos senos de magnolia,
acariciar la tierra con un vientre de oruga,
y vivir, unos meses, adentro de una piedra.

Oliverio Girondo

miércoles, 8 de octubre de 2008

Nocturno I


No soy yo quien escucha
ese trote llovido que atraviesa mis venas.

No soy yo quien se pasa la lengua entre los labios,
al sentir que la boca se me llena de arena.

No soy yo quien espera,
enredado en mis nervios,
que las horas me acerquen el alivio del sueño,
ni el que está con mis manos, de yeso enloquecido,
mirando, entre mis huesos, las áridas paredes.

No soy yo quien escribe estas palabras huérfanas.

Girondo - Persuasión de los días

sábado, 4 de octubre de 2008

"Fumar"

Ítalo Svevo - La conciencia de Zeno - Fragmento del capítulo III

Ahora que me encuentro aquí, analizándome, me asalta una duda: tal vez amé tanto el cigarrillo para poder echarle la culpa de mi incapacidad. Si dejaba de fumar, ¿me habría convertido en el hombre ideal y fuerte que soñaba ser? Quizás haya sido esa duda la que me ligó al vicio, porque es un cómodo modo de vivir el de creerse grande, con una grandeza latente. Planteo dicha hipótesis para explicar mi debilidad juvenil, pero sin una decidida convicción. Ahora que soy viejo y nadie me exige nada, continúo moviéndome entre el cigarrillo y el propósito, del propósito al cigarrillo. ¿Qué significan hoy esos propósitos?
(...) Me parece que el cigarrillo tiene un gusto más intenso cuando es el último. Los otros también tienen un gusto especial, pero menos intenso. El último toma su sabor del sentimiento de la victoria sobre uno mismo y de la esperanza de un cercano futuro de vigor y salud. Los otros también tienen su importancia, porque al encenderlos se consolida la propia libertad y el futuro de vigor y salud sigue estando, pero un poco más lejano.
Las fechas en las paredes de mi habitación estaban escritas con los más variados colores e incluso al óleo. El propósito, que renovaba con la fe más ingenua, encontraba adecuada expresión en la fuerza del color, que debía hacer palidecer el empleada para el propósito anterior. Prefería ciertas fechas por la concordancia de sus cifras. Del siglo pasado recuerdo una fecha que me parecía sellar para siempre el ataúd donde quería poner mi vicio: "Noveno día del noveno mes de 1899". Significativa, ¿no es cierto? El nuevo siglo me deparó fechas igualmente musicales: "Primer día del primer mes de 1901". Todavía hoy me parece que si esa fecha pudiera repetirse, sabría comenzar una nueva vida.
Pero en el calendario no faltan las fechas y con un poco de imaginación cada una de ellas podría servir para un buen propósito. Recuerdo, porque me parecía contener un imperativo supremamente categórico, la siguiente: "Tercer día del sexto mes de 1912, hora 24". Suena como si cada una de las cifras duplicara la apuesta.
El año 1913 me procuró un instante de vacilación. Sólo faltaba el decimotercer mes para hacerlo coincidir con el año. Pero no se crea que deben suceder tantas coincidencias en una fecha para dar relieve a un último cigarrillo. Muchas fechas que encuentro anotadas en libros o en cuadros preferidos resaltan por su deformidad. Por ejemplo, el tercer día del segundo mes de 1905, hora seis. Si se piensa bien tiene su ritmo, porque toda simple cifra niega la anterior. Muchos acontecimientos, en especial desde la muerte de Pío IX hasta el nacimiento de mi hijo, me parecieron dignos de ser festejados con el mismo, férreo propósito. En la familia todos se asombran de mi memoria para nuestros aniversarios, los felices y los tristes, y me creen ¡tan bueno!

jueves, 2 de octubre de 2008

Sue


To avoid a lawsuit.
we'll just call her Sue
(or "that girl who likes
to sniff lots of glue")

The reason I know
that this is the case
is when she blows her nose,

kleenex sticks to her face.




Tim Burton

Voodoo girl


Her skin is white cloth,
and she's all sewn apart
and she has many colored pins

sticking out of her heart.

She has a beautiful set

of hypno-disk eyes,
the ones that she uses
to hypnotize guys.

She has many different zombies
who are deeply in her trance.
She even has a zombie
who was originally from France.

But she knows she has a curse on her,
a curse she cannot win.
For if someone gets
too close to her,

the pins stick farther in.

Tim Burton


martes, 30 de septiembre de 2008

A través del espejo


sometimes you just don't like your face

¿Abducción, pesadilla, secta o nuestro alien más adorado?

Un día de esos te despertás, te desperezás, estás media hora para abrir el ojo derecho, después el izquierdo que se te pega...
Te levantás después de un esfuerzo desmedido, te arrastrás escaleras abajo, hasta llegar a la cocina. Prendés la cafetera, preparás a mano la taza, la cucharita, el azúcar, y demás. Te seguís arrastrando hasta el baño. Manoteás la llave de luz, esquivás el espejo, tomás el cepillo de dientes, el dentífrico, disponés todo en su debido lugar, levantás el mentón y zás... ¿Qué hay en el espejo? Un monstruo. Una de esas criaturas que aparecen en las películas de terror con caras diabólicas y armas escondidas detrás de la espalda. Los ojos pegados por lagañas entre las pestañas, la cara entera plagada con una infección cutánea, la imagen trastocada por una psicosis impresa en toda la figura.
Creés que sos vos, que sufriste durante la noche una abducción y que te devolvieron deformado y masacrado. No, no te asustes. Bah, asustate cuanto quieras. Pero sabé que no sos vos. Aunque seguramente pronto lo seas.
Hermenegildo se apropió de tu espejo y no te quedan muchas opciones. O aprender a convivir con él, y dejar que de a poco se vaya apropiando de vos. O romper el espejo y esperar que Herme, hecho pedazos se mude así multiplicado a los demás espejos lindantes.
Mientras tanto, va a seguir persiguiéndote entre otros espejos, cuando mires a personas desde el colectivo, va a estar allí, cuando vos más distraído, para asegurarse de que poco a poco no te puedas escapar de sus influencias. Deberás sumarte, imperiosamente.


Es casi como un predicador de las sectas, pero multiplicado a la enécima potencia. Como Droopy, pero sin estar "feliiiiiz". Y no te va a dejar de atormentar por más de que intentes evitar su presencia. Es Hermenegildo, difícil de persuadir, una vez en que te puso el ojo encima, estás adentro (de él o él de vos, no es fácil de determinar).



Ps. Me permito robar a medias el título de Carroll, a modo de ilustración, aunque tanto difiera con la historia original.

domingo, 28 de septiembre de 2008

quiénes

Saltican.
Sin escamas, con plumas
Se arrastran por las piernas de

no

pican

se arriman

penetran


lastiman


y quieren fugarse

preguntan
se excitan







orgasmo


basura



en plena alegría, avestruz, vaquita y saltamonte

pará, Hermenegildo, dejá de saltar