lunes, 27 de octubre de 2008

Del morderse la lengua

En una época y en un país en que todos se despepitan por proclamar opiniones o juicios, el señor Palomar ha adquirido la costumbre de morderse la lengua tres veces antes de hacer cualquier afirmación. Si al tercer mordisco aún sigue convenvido de lo que iba a decir, lo dice; si no, se calla. En realidad, pasa semanas y meses enteros en silencio.
Buenas ocasiones para callar no faltan nunca, pero se da también el raro caso de que el señor Palomar lamente no haber dicho algo que hubiese podido decir en el momento oportuno. Se da cuenta de que los hechos han confirmado lo que él pensaba, y que si entonces hubiera expresado su pensamiento, habría tenido alguna influencia positiva, por mínima que fuese, sobre lo ocurrido. En esos casos su ánimo se divide entre la complacencia por haber pensado justo y un sentimiento de culpa por su excesiva reserva. Sentimientos ambos tan fuertes uqe está tentado de expresarlos con palabras; pero después de haberse mordido la lengua tes veces, también él se convence de que no tiene ningún motivo ni de orgullo ni de remordimiento.
Haber pensado correctamente no es un mérito: estadísticamente, es casi inevitable que entre las muchas ideas equivocadas, confusas o triviales que se presentan a la mente, alguna sea atinada o directamente genial; y así como le ha ocurrido a él, puede ser cierto que se le hubiese ocurrido también a otro.
Más discutible es el juicio sobre el no haber manifestado su pensamiento. En tiempos de silencio general, conformarse con el callar de los más es sin duda culpable. En tiempos en que todos dicen demasiado, lo importante no es tanto decir la cosa justa, que de todos modos se perdería en la inundación de palabras, como decirla a partir de premisas y con las consecuencias implícitas que den a la cosa el máximo valor. Pero entonces, si el valor de una sola afirmación reside en la continuidad o coherencia del discurso en que se inserta, la única elección posible es entre hablar continuamente y no hablar nunca. En el primer caso el señor Palomar revelaría que su pensamiento no avanza en línea recta sino en zigzag, a través de oscilaciones, desmentidos, correcciones en medio de las cuales la justeza de su afirmación se perdería. En cuanto a la segunda alternativa, implica un arte del callar más difícil aún que el arte de decir.
En realidad, también el silencio puede ser considerado un discurso, en cuanto rechazo del uso que los otros hacen de la palabra; pero el sentido de este silencio-discurso está en sus interrupciones, esto es, en lo que de vez en cuando se dice y que da un sentido a lo que se calla.
O mejor aún: un silencio puede servir para excluir ciertas palabras o si no, para tenerlas en reserva a fin de que se puedan usar en una ocasión mejor. Así como una palabra dicha ahora puede ahorrarme cien mañana o bien obligarme a decir otras mil. «Cada vez que me muerdo la lengua ‑concluye mentaltnente el señor Palomar‑ debo pensar no sólo en lo que estoy por decir o no decir, sino en todo lo que si digo o no digo será dicho o no dicho por mí o por otros.» Formulado este pensamiento, se muerde la lengua y se queda en silencio.

(Palomar - Ítalo Calvino)

--> véase la referencia al final de página, la fotografía de Hermenegildo

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